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sábado, 17 de octubre de 2015

Entrevista en JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA

Este cuestionario pretende transmitir la visión del escritor. Le preguntaremos sobre su novela y le daremos la oportunidad de promocionarla y hacerse autocrítica. En definitiva, será su manera de convencernos para que leamos su novela.


HOY NOS PRESENTA SU OBRA… Sebastián Roa.




lunes, 5 de octubre de 2015

Excesos y defectos

Son varias las ocasiones en las que he vivido la escena. Alguien toma la novela entre sus manos, la sopesa, arruga la nariz, finge que se le cae pero la recoge al vuelo, risita floja, curl de bíceps... «Podrías escribir libros más cortos, ¿eh?», dice. 

Una vez alguien me preguntó por qué las novelas históricas son tan largas. Sospechaba de un requerimiento editorial estándar. Me mostró varios ejemplos de obras que se acercan o incluso superan las mil páginas. Lo cierto es que las hay, sí. Pero también las hay de seiscientas, de trescientas... De menos aún. Hay relatos históricos, vaya. Y microrrelatos.




No existe un arquetipo. Hay novelas que miden y pesan lo justo, las hay sobrealimentadas, las hay escuálidas. Hay trilogías que suman 2.400 páginas y no dan respiro en ningún sentido. Hay obras de doscientas a las que les sobran cien o más. Esto no es una cuestión matemática. Es otra cosa. Y, cuando se hace bien, no depende solo de lo que uno quiera contar, sino de lo que muchos van a leer. Ahí cada lector es muy suyo: algunos sacan dos, tres o más lecturas de un mismo texto y, cuando lo acaban, descubren que habrían disfrutado de otras cien o doscientas páginas de esa historia maravillosa; otros, ante la misma novela, solo ven relleno grandilocuente. Qué le vamos a hacer: la serie de fogonazos en el Aces high de Iron Maiden puede dejarte tan a gusto como la singladura de casi un cuarto de hora, con sus cambios de ritmo y de rumbo, del The rime of the ancient mariner. Lo que provoca mi indiferencia —esto que conste— son las cuatro notas musicales que me notifican la llegada de un whatsapp. Y mira que el aviso cumple su función, ¿eh? Habrá que ver para qué sirve la ficción literaria: si para dar avisos de medio segundo o para provocar placer estético. Pues eso: que hay momentos para recrearse en los preliminares y otros para ir directo al empotramiento. Y, en fin, casi no voy a entrar en la cocina moderna, con esos platacos trapezoidales en cuyo centro se adivina un mancha de caramelo líquido deconstruido. A mí dame una buena paella, o haz como los asturianos y déjame en la mesa la cazuela con las fabes; el kiko adornado con medio electrón de perejil, mejor cómetelo tú.



Tampoco tengo claras las presuntas implicaciones editoriales. Es verdad que existe el best seller de playa, ese que lee la gente que no lee. La gente que, contra lo que muchos grandes lectores piensan, son los que realmente sustentan el negocio porque, por desgracia, son mayoría. Hablo del consumidor que compra dos libros al año en el Carrefour, uno la semana antes de irse de vacaciones y otro para regalar en Navidad al cuñado friki. Para ciertos de esos «lectores» puede valer el argumento: ya que te pones, pues que te dure el libro todo el mes que vas a pasar en Benidorm, ¿no? Otras veces no cuela porque la gente que no lee, en realidad, huye de los tochos; y también huyen de ellos muchos de los que leen con cierta regularidad. Comprobado. Nada: las implicaciones editoriales tienen más que ver con la potencia empresarial, las promociones hinchadas, las redes de contactos y la capacidad de meter expositores en los escaparates. El mundo editorial es una colección de burbujas gaseosas, unas gordísimas y otras diminutas. Pero el tamaño de esas burbujas no está directamente relacionado con el grosor de las obras que contienen. De hecho, las editoriales saben que un libro medio (alrededor de trescientas o cuatrocientas páginas) se vende siempre mejor que una novela masiva y posee una relación más atractiva entre coste y beneficio. 

Ya lo he dicho antes: hay novelas que pesan lo justo. Y lo justo puede darse en mil o en cincuenta páginas porque cada historia necesita su extensión. Ni un gramo de papel más, pero tampoco uno menos. Pensar que la longitud de una novela está reñida con la sencillez supone afirmar que no puede darse lo excesivo en un relato corto. No es cierto: he leído opúsculos de cuatro páginas que eran mejores cuando su autor no los había escrito. También es un error establecer una relación directa y exclusiva entre el volumen de la novela y la pompa. ¿O acaso no se puede alardear de sencillez? Ah, la vanidad. Hay autores pedantes que vuelcan todos sus conocimientos y desbordan la trama porque, más que contar una historia, necesitan que el lector admire su enciclopédico saber o su extenso vocabulario. Pero otros, no menos dados al alarde, quieren que se aplauda su habilidad para comprimir la riqueza expresiva. Así, pierden con su vanidad lo que habían ganado con su sencillez. Porque alardear de lo mucho que transmite uno con lo poco que escribe es como desengancharse de la heroína y celebrarlo con un pico de gramo y medio.

jueves, 1 de octubre de 2015

El ejército de Dios en EL PLACER DE LA LECTURA

«Roa sitúa el comienzo de la acción en el punto en que finaliza su anterior novela, La Loba de Al-Andalus, es decir, en el estado de cosas que queda la península ibérica tras invasión de los almohades y destrucción del reino andalusí, por un parte, y por otra la muerte de Alfonso VII, el emperador, que en un momento de ofuscación dividió el reino entre sus hijos, sembrando un panorama de discordia, desunión y debilitamiento generalizado en el mundo cristiano de finales del siglo XII...»