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lunes, 19 de mayo de 2014

LAS TRECE VIRTUDES DE LA NOVELA HISTÓRICA

La novela histórica goza de una mal merecida mala fama. Los autores que se dedican a ella se revuelven con toda la razón ante las críticas que se vierten desde sectores ajenos pero también, y esto resulta más sangrante, de parte de algunos novelistas históricos que pretenden poner de manifiesto carencias inexistentes o poco notorias con el único afán de promocionarse —generalmente, los hipercríticos aseguran no cometer los fallos que reprochan— y por el españolísimo sistema de desmerecer al prójimo para convertir la propia mediocridad en destacada supremacía.




Pero dejemos aparte los vicios, que para eso ya hay enumeraciones a dolor y películas de Brad Pitt, y fijémonos en las virtudes. Las que convierten a la novela histórica en un género tan respetable como cualquier otro, e incluso equiparable a esa literatura que algunos despojan de referencias «genéricas». Vayamos, pues, con esas virtudes:


1.- Buenos argumentos. El novelista histórico actual no permite que la historia tome las riendas de la trama. Lo que escribe es, ante todo y sobre todo, novela, por lo que se esfuerza en la creación de hilos argumentales, tramas y subtramas que nada tienen que envidiar a ningún otro género. Si a esto sumamos que hay que encajar la parte dramática en la parte histórica, no nos quedará más remedio que valorar el doble esfuerzo. Un buen ejemplo sería El nombre de la rosa, cuya trama policíaca trasciende a unos hechos históricos en los que, sin embargo, cuadra como las piezas de un puzzle; o las Últimas pasiones del caballero Almafiera, donde la peripecia vital del protagonista se come con patatas un evento tan brutal como la batalla de Las Navas de Tolosa. ¿Eco y Eslava-Galán pasan de argumentos? Hoy no: mañana.

2.- Supeditación de la historia a la ficción. Como consecuencia de lo anterior, la parte sustantiva de la novela histórica es la ficción. A los autores les sobra capacidad para lograr el equilibrio en ambos aspectos pero, en caso de conflicto, saben que lo que están escribiendo es novela, no ensayo, ni artículo científico ni libro de texto. Podemos fijarnos en la Bizancio de Sender o en El macedonio de Guild; la una plagada de licencias, el otro con minimización de carga histórica: ambos de gran valía literaria.


3.- Respeto por el lector. El lector actual de novela histórica es exigente y, por lo común, goza de un buen nivel cultural e intelectual. Es por eso que el autor lo trata con respeto, sin endosarle textos facilones ni escribir mera divulgación para parvulitos. Muestras de ello son la saga marinera de O’Brian o las recreaciones de la Hispania republicana de Castelló.


4.- Equilibrio documental. Es mucha la documentación que ha de consultar un buen novelista, pero también es consciente de que la mayor parte de ella no aparecerá en su obra final. Sabe perfectamente que un dato atractivo pero inútil no puede jamás estorbar a la tensión dramática. Veamos la prueba en la espectacular Salamina de Negrete, donde el dominio de la época nunca frena el ritmo de la trama ni choca con su parte dramática.


5.- Coherencia temporal. El novelista histórico asume que escribe para sus coetáneos. Sería ridículo novelar la Roma imperial en latín o que Waltari hubiera escrito Sinuhé el egipcio sobre papiro. También sabe que un lector profano no tiene por qué conocer cómo son una lorica hamata o un almajaneque. Por eso procura esa información de forma natural y solo en la medida en que sea necesaria para la comprensión y el nivel de verosimilitud, o usa términos antiguos a los únicos efectos de evocación y de creación de un ambiente propicio a la suspensión del juicio lector. Un ejemplo perfecto sería la trilogía de Escipión y Aníbal escrita por Santiago Posteguillo.

6.- Dominio de la trama. El novelista histórico sabe que una historia atractiva mantiene el ritmo. Los núcleos y las catálisis se suceden de forma eficaz y creciente hacia el clímax, y se logra además que cada subtrama experimente un proceso similar de escalada dramática. Quien no lo crea, que se atreva con Puertas de Fuego, de Steven Pressfield, novela cuyo final conoce todo lector que se asoma a ella antes de zambullirse en una historia difícil de abandonar.

7.- Variedad histórica. Por definición, la historia es pasado. Escribir solo novelas que abarquen desde el final de la edad media hasta la actualidad sería como vivir de postres e ignorar las fabes con almejes, la paella valenciana o el cocido madrileño. Esta es una cuestión poco menos que matemática, pero no óbice para que haya excelentes obras cuyas tramas se desarrollan en tiempos recientes o autores que se mueven entre centurias. Buena prueba son, respectivamente, las novelas históricas de Pérez-Reverte que recrean el siglo XVII o la guerra de la Independencia, y la capacidad para saltar de época en época de que gozan Corral o Irisarri.

8.- Valentía. El novelista histórico no se arredra ante nada y sabe que a los dioses les agrada la variedad. Tan buena es la machada americana de Lope de Aguirre como las conjeturas sobre la misteriosa pérdida de la IX legión al norte del Muro de Adriano. En realidad, y aunque muchos no se percaten, el tema histórico es lo de menos si la ficción posee calidad. Y puestos a comparar, ¿qué más da si un rey macedonio llega hasta el Indo en el Alexandros de Manfredi o si un puñado de espartanos se plantan en Cantabria en la Okela de Santamaría?

9.- Más valentía. Escribir en primera persona sobre un personaje de primera línea es recurso socorrido, aunque no por ello menos meritorio, pues exige un esfuerzo documental mayor y, contra lo que se rumorea por ahí, un nivel superior en la técnica narrativa. Sin embargo no es raro que se escoja a alguien «secundario» para aportar un punto de vista original, distinto y enriquecedor. El buen novelista histórico —y los hay a paladas— se atreverá con ambas opciones. ¿Una muestra de esto último? El Ibn Ammar de Palacios en La predicción del astrólogo. ¿Mas? Los Banú Qasi de Aurensanz o el Icorbeles de Pellicer en El espíritu del lince.

10. Maximización. El buen novelista histórico ofrece lo mejor. Dejar que un evento fundamental en la historia pase de largo por una novela es pecado mortal… a no ser que la trama lo exija. Es muy probable que haya lectores interesados en las peripecias históricas de un esquimal en Laponia el seis de junio de 1944, pero lo cierto es que, para otros, el tipo se está perdiendo la juerga en la playa. Aun así, el intimismo y la épica «cotidiana» son ingredientes imprescindibles a veces, y no ausentes de las obras históricas actuales. Véanse La muchacha de Catulo de Barceló o La hermandad de la nieve de Pascual.

11.- Un montón de valor más. Escribir es fácil en la actualidad. Hacerlo bien no lo es. Autores con carencias hay muchos en novela histórica, es cierto. Como en romántica o en negra, que son géneros con tirón y, por tanto, a los que todo dios quiere apuntarse. Sin embargo, los buenos novelistas históricos saben que cada proyecto exige doble dedicación porque, aparte de la creación literaria, habrá de dedicar no pocas horas a la documentación y otro porrón más a encajar ambos aspectos. Y cuando hablo de documentación me refiero a obras serias, por supuesto. La Wikipedia es para cobardes. Pero no me crean a mí. Lean a Balbás o a Malo y consideren si ese nivel de conocimiento lo dan gratis con las bolsas de patatas fritas.

12.- Profesionalidad. El buen novelista histórico (y repito que vivimos una época feliz) no es ningún mindundi que se ha leído cuatro panfletos y se lanza a la piscina sin recursos. Al contrario: domina el diseño de personajes, construye tramas que parecen autopistas, se documenta igual que un catedrático, revisa hasta la extenuación y mejora día a día. ¿Cómo se explica, si no, que un «novato» en novela histórica como Gallardo sea capaz de crear una maravilla narrativa del tamaño de La última noche? ¿Quién y cómo se criticará a Druon por haber escrito su saga de Los reyes malditos o a Delibes por haber creado El hereje?

13.- Dos más dos son cuatro. Los malos novelistas suelen recurrir a una excusa tan vieja como el negocio: «los editores no quieren calidad y por eso me rechazan». Discutible hasta la saciedad, pero nadie se arriesga a publicar sobre la base de una portada llamativa o el prólogo de un autor renombrado si no tiene esperanzas en el resultado final. Lo contrario sería pan para hoy y hambre para mañana. Seamos lógicos: una editorial no contrata a un ilustrador tan reputado como Colucci para crear la portada de Las puertas de seda si no confía en la calidad de Olalla García. 





He leído catálogos que afirman lo contrario de esta enumeración, y que incluso recurren a subterfugios macroeconómicos para justificar que uno tenga que publicar en la editorial de su barrio porque el buen artista será siempre un muerto de hambre, no un vendido a las modas o a la industria. No nos engañemos: cuando el interfecto llega a Planeta o a R. H. Mondadori, el criterio editor adquiere un sorpresivo buen gusto y los lectores se vuelven de lo más inteligente. Desgraciadamente, a la nómina de buenos novelistas históricos la acompaña otra de resentidos que se empeñan en rebajar el género a la categoría de subgénero facilón, cutre y de Wikipedia. No hay problema: para ver las estrellas necesitamos que el espacio sea oscuro.

martes, 6 de mayo de 2014

¿Quieres ser escritor? Son sesenta euros.

    Hoy he visto un anuncio curioso. Se trata de una charla de un par de horas titulada «Descubre en una tarde cómo ser escritor».

    Con dos cojones y un tambor, oiga. Ya no es «Adelgace diez kilos en una semana», «Domine el punto de cruz en quince días» o «Construye tu propio Ferrari Testarossa en veinte fascículos. De regalo con el número uno, tu volante con el caballito».

    A ver, el título del anuncio tiene truco, espero. Supongo que el objetivo será atraer público para un taller de literatura creativa. En una tarde descubrirás que, para ser escritor, tienes que hacer el taller. Vale, y leer un huevo, pasar años escribiendo, progresar, publicar, caerte, levantarte, conseguir una voz propia, un nivel… Se trata de esto, seguro. Aunque puntualizo algo, y es que después de todas las lecturas, escrituras, caídas, recuperaciones, publicaciones, años y más años, no me queda claro no ya en qué momento se convierte uno en escritor, sino cuándo descubre cómo se llega a serlo.

    El caso es que, de un tiempo a esta parte, ser escritor se ha devaluado hasta la altura de las suelas y amenaza con cavar para hacer un buen hoyo y bajar más aún. Hace unos años, el concepto de escritor era ciertamente respetable. Oía uno la palabra y le venían a la mente apellidos como Delibes, Sender, Vargas Llosa, García Márquez… Eran otros tiempos, desde luego. Escribir una novela, o incluso un relato, suponía un esfuerzo que nada tiene que ver con las actuales comodidades en procesamiento de textos, edición, acceso a la documentación, publicación online… Pero aunque todo esto hubiera existido, imperaba cierta vergüenza torera. Quedaba bien claro que escribir —uno, dos, cinco libros— era una cosa, y convertirse en escritor, otra. Solo el tiempo (mucho) y el reconocimiento público (más aún) podían hacer que alguien que escribía pudiera considerarse escritor.

    Luego, cuando el futuro llegó y la gente empezó a publicar a dolor, se convertía uno en escritor con haber sacado una novela, aunque fuera en la editorial de tu barrio. Parece que eso de ver tu obra en el escaparate de una librería te hacía cruzar una línea, y ya podías codearte con Vázquez Figueroa y asentir con media sonrisa cuando leías en una entrevista cuáles eran sus rompimientos de cabeza, porque te identificabas con él y ay, qué te iban a contar a ti.

    Después se desató la debacle amazónica y ser escritor se abarató. Ya no dependía de que te aceptara una editorial tras seleccionar tu manuscrito entre tropocientos más. Tú escribías tu libro, lo colgabas en la red y voilà: ya eras escritor. A estas alturas, la cosa amenazaba con invertir términos: había casi más escritores que lectores.

    El siguiente nivel, un paso más hacia la vulgarización del asunto, era el ponerte a ello:
—Soy escritor —decía alguien.
—O sea, genial de la muerte —contestabas tú—. ¿Qué obras has publicado?
—Estoy escribiendo una novela. Llevo siete años con ella, pero me queda poco para acabarla.
—No, no —le corregías—. Te pregunto qué has escrito antes.
—¿Antes? Nada. Antes no era escritor.



    Qué tiempos. Ahora eso ya no cuenta. Ahora basta con proponértelo. Si quieres escribir, eres escritor. Da igual si no tienes idea de cuáles son las reglas de puntuación de los diálogos, o si no ves muy clara la diferencia entre tema y trama o si lo máximo que has leído en tu vida es el QMD. La inauguración oficial de tu oficio se produce cuando abres tu perfil de Facebook y cumplimentas tu ocupación con un «escritor». Ya lo siguiente es mandarle tweets a Pérez-Reverte en los que le llamas «colega» o «compañero de letras». También puedes aprovechar tu dilatada experiencia y tu prestigio en el mundillo, diferir un poco más el pequeño detalle de empezar a escribir un libro y convertirte en profesor de escritores. Supongo que cuando tienes la clase llena, enseñas a tus alumnos a abrir su perfil de Facebook y les indicas dónde tienen que poner su nuevo título oficial: «Escritor». Luego ya, si eso, escribimos algo. Son sesenta euros.